La Caza de La Perdiz Con Escopeta, Al Vuelo y con Perro de Muestra

La Caza de La Perdiz Con Escopeta, Al Vuelo y con Perro de Muestra

Author:
Manuel Saurí
Author:
Manuel Saurí
Format:
epub
language:
Spanish

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Author: Saurí, Manuel
Partridge shooting — Spain
La Caza de La Perdiz Con Escopeta, Al Vuelo y con Perro de Muestra

MODO DE TIRAR A LAS PERDICES.

Esta es la parte más comprometida para dar una sucinta esplicacion del modo cómo deben matarse al vuelo las perdices, por la sencilla razon de que es difícil iniciar en el asunto á aquellos que no han tenido la satisfaccion en su vida de matar media docena de perdices al vuelo.

El cazador que en sus correrías anuales puede contar con un promedio de por cada tres tiros una perdiz, hay que proclamarle buen tirador. Aunque en salidas determinadas cuente triunfos tales como hacer dar la voltereta á todas las que tire, acontece asimismo (y bien á menudo) que se dispara diez ó doce veces la escopeta y sólo se matan un par de piezas, de manera que, por cálculo aproximado, á un buen tirador le sale la proporcion mencionada.

Al arrancar del suelo y al echarse al vuelo la perdiz, el cazador debe estar sereno, hacer una pequeña suspension y con ligereza echarse la escopeta á la cara; seguir á la perdiz en su rápida carrera, encañonarla, y cuando se interpone con el punto de la escopeta, entonces sin calcular distancias debe efectuarse la presion del dedo sobre el disparador; y seguro que obrando así cae la pieza.

La perdiz que marcha de frente ó sea de cola es la fácil de matar: las que van atravesadas debe comprenderse la velocidad que llevan, para apuntarlas á la cabeza, y haciendo un insignificante movimiento con el brazo izquierdo (que es el timon), se las toma la delantera. Así hay probabilidades de matarlas. Lo mismo requiere la perdiz que viene de arriba ó sea de frente, é indispensablemente pasa por encima de la cabeza del cazador: segun se presenta este lance, la regla mejor es volverse rápidamente y tirar cuando haya pasado; no obrando así y disparando cuando viene de frente, este tiro si se acierta es de chamba, pues á veces se requiere tomarla un metro por delante y la misma pieza acude á la muerte, dando un tumbo, y con la velocidad y el choque de la caida, se abre.

La perdiz que, sorprendida entre el cazador y el perro, no le queda fácil salida y empieza con aquel canto alarmante que aturde, llegando á echar excrementos, y se remonta repullada, á ésta el cazador debe con serenidad seguirla apuntando, y al hacer la suspension para extender el vuelo en la direccion que se le antoja, entonces hay que disparar, pues es la mejor oportunidad de matarla. El tiro es fácil.

Cuando el perro pone muestra, la satisfaccion es tan importante, que afecta la parte física de un modo notable. El corazon late tan agradablemente, que no se puede describir, y no recuerdo que tan singular impresion me la haya evitado un segundo, dejando de imitar á muchos que dan gritos al perro, y tocándole con el pié le excitan para que rompa la muestra.

Este lance debe resolverse siempre por sí solo; y mientras se admira la sublimidad del perro, se va el cazador colocando de manera que pueda tirar á la perdiz sin que le estorben los árboles. Ésta arranca de un modo desesperado; el cazador, por poco que lo sea, goza y disfruta dando gusto al dedo á las mil maravillas, y debe matar la pieza. Es un caso indispensable; el perro lo exige por la leccion que recibe, y el cazador tiene un disgusto si la yerra: en todo el dia caza de mal humor, á no ser que muy luego alcance victorioso desquite: de lo contrario pasa un dia de perros.

Para tirar al vuelo á las perdices se necesita calma y serenidad. Los grabados franceses nos quieren demostrar eso pintando á cazadores que cuando les sale al vuelo una pieza, abren tranquilamente la caja del rapé, toman un polvo, y luego apuntan y matan. Cualquier cazador práctico comprenderá que ésta es la manera gráfica de demostrarle que no debe precipitarse, pues la precipitacion es causa de que se vaya la caza; sin embargo, es preciso un término medio. En nuestro país las perdices no permiten tomar rapé, ni siquiera fumar en pipa.

Sucede al más pintado que yerra la mejor pieza, y eso depende muchas veces de estarse mirando la perdiz sin cuidar del guia de la escopeta, que generalmente se dispara sin apuntar. Acontece lo expuesto cuando la perdiz sale de sorpresa y se va desprevenido y absorto en importantes meditaciones.

Tampoco debe olvidar el aficionado á caza que el apuntar bien depende mucho del brazo izquierdo, el cual juega un principal papel en el arte de tirar con precision al vuelo. Al colocar la escopeta á la espalda, si bien este movimiento debe ser suave, en cambio requiérese soltura, apoyando en seguida la cara á la culata para entreguardar bien al encañonar la caza y seguir la rapidez y el más leve movimiento de la pieza, haciendo importante papel el brazo izquierdo que acompaña el encañoneo; y cuando el cazador comprende la oportunidad, entonces el dedo cumple con su obligacion y se palpan los buenos resultados, pues infaliblemente la pieza cae herida ó muerta. El disparador de la escopeta debe siempre caer á voluntad del tirador; el inconveniente más leve hace errar la caza, y no por ser un mal tirador sino por efectos materiales del arma, que deben corregirse.

He cazado con amigos que no saben matar de otro modo que por medio del tiro á tenazon, y no obstante, algunas veces me han dejado asombrado por su destreza en despachar las piezas; pero confieso que jamás me han satisfecho, y he tenido ocasion de manifestárselo. El aficionado acostumbrado á esta clase de tiro, el dia que tiene la buena hace prodigios. Aún la perdiz no ha arrancado un metro del suelo, cuando ya está tendida en él, y si la caza les sale de cerca la destrozan: como no tienen espera, tiran aunque sea á cuatro pasos de distancia; si la pieza recoge la flor del tiro, queda en disposicion de echarla al muladar. Por lo demás, si tienen la mala, en una cacería de cinco ó seis dias no matan ni una pieza, á pesar de ser los que tiran más. Atendido lo cual aconsejo á todo cazador que se corrija de este vicio y haga un estudio para tirar despues de encañonear y seguir bien la pieza: si así lo hace, encontrará un verdadero placer al matar en buena regla una pieza de caza.


1.º DE AGOSTO.

Memorable fecha, y sin embargo para muchos pasa desapercibida, mientras que los cazadores aguárdanla con tanta impaciencia, que casi raya en locura. Se cuentan las semanas y hasta las horas que faltan para llegar al dia ansiado, el 1.º de agosto, en que la ley de caza autoriza á los españoles poder hacer uso del derecho que les ha estado vedado durante cinco meses, prohibicion justa é indispensable para que las perdices estén en amores y la naturaleza nos dé en cambio la fecundidad, es á saber: que de un par de perdices salga un bando de 18 á 21.

El cazador deberia tener en su gabinete, entre los objetos de caza, un cuadro adornado de precioso marco, destacándose en el fondo una inscripcion en letras de oro que le recordara perennemente el dia 1.º de agosto.


No cabe duda que ese dia le tienen fijo en la memoria más de cien mil españoles, si no todos cazadores, á lo menos muchos que creen serlo, por el mero hecho de tener escopeta, perro y licencia de caza. Por mi parte puedo afirmar que hace veinte años que en tal fecha no he faltado al monte: pues se experimentan muchas impresiones, queriendo uno multiplicarse para hacer descubrimientos; la imaginacion acude á todas partes; se está cazando, pongo por caso en Moncada, se ha descubierto el terreno, y uno dice para su coleto: «mejor me habria ido á la Torre dels frares, allí dejé bastantes pares; pero… ¿y si me hubiese dirigido á Roca de droc?… no, el tren sale demasiado tarde, y cuando se llega al cazadero, ya molesta mucho el rubicundo Febo; además, habrán ido los de Molins de Rey.» Por último, reflexiona que los puntos mencionados debe reservarlos para otro dia, y caminando con calma en busca de agua cristalina y alguna sombra, dispónese á ir pasando el dia para no estropearse y hacer piés, preparándolos para las futuras salidas, que deben ser, seguramente, de más provecho que las primeras.

Las perdices en el mes de agosto.—La caza de la perdiz en el mes de agosto se diferencia completamente de las demás épocas del año. La ley deberia, con rigor, á lo menos no permitir cazar hasta el 15 de dicho mes. Si bien es verdad que por razon del clima hay comarcas en que las perdices son más crecidas, como por ejemplo en el litoral, en cambio en la alta montaña van muy atrasadas, hallándose muchas cluecas empollando aún sus huevos: de ahí resulta que algunos cazadores inexpertos, cuando el perro les queda de muestra y al salir la perdiz, que apenas se remonta un palmo del suelo, le encajan el tiro, y pueden irse ufanos á su casa con el trofeo de una clueca sin plumas en la panza, é indirectamente dejando desamparadas á veinte ó más perdices que iban á salir del huevo, lo cual causa un perjuicio irreparable y reprensible.

Basta ya de digresion, y volvamos al modo cómo deben cazarse las perdices en agosto.

Mucha ventaja llevará el cazador y se ahorrará no pocas subidas y bajadas, si muy temprano, antes de la salida del sol, se coloca en un cerro. El canto del perdigon bravo anuncia á los perdigachos que se han recodado y pasado á joc la noche; mueven la cabeza y guiados por la perdiz van subiendo al cerro, haciendo piu, piu, piu. Cuando aperciba el cazador ese canto, debe huir del cerro y no volver á él hasta que pasen á lo menos quince dias, pues las perdices que mataria apenas tendrian el tamaño de las codornices: todo cazador decente debe ir en busca de otro lance, y sólo le es permitido hacerlas volar para saber si el bando está completo; ensayo muy peligroso, por lo que voy á expresar. Cuando sale el bando ¿quién se detiene? es bastante difícil, y esto produce consecuencias fatales.—Los padres, permítaseme la expresion, en defensa de sus hijuelos van peonando y guiando el bando adelante por la inseguridad que tienen en el vuelo de los pollitos; el perdigon con un movimiento rápido divide el bando, y la perdiz con la otra mitad aproximadamente y á retaguardia, haciendo chac, chac, chac, hasta que el perro se les viene encima; entonces vuelan, y la pobre perdiz que en defensa de sus hijos quedó á retaguardia, paga con la vida su amor filial. Cometida tal hazaña por el cazador, muy fácil le es acabar con el bando, pues los jóvenes con su piu, piu, se descubren muy fácilmente y se dejan matar á mansalva, y las pocas que quedan echan de menos á la madre, de suerte que cuando viene la noche (estas siempre son frias) mueren por faltarles el calor natural que les da el regazo materno.

Este es uno de los inconvenientes que tiene el cazar la perdiz en la época citada. Discutiendo algunas veces sobre si es mejor ó no que el bando lleve el macho, sólo me han sostenido lo contrario los aficionados al reclamo, pero jamás me han dado una razon sólida, mientras les he podido objetar el auxiliar que es del bando el perdigon. Éste, en la época del celo y en la de la cria, se defiende admirablemente del gavilan, garzas, gaig, mochuelo, y hasta de los perros, saliendo casi siempre victorioso cuando menos de las aves citadas, y en las demás épocas del año se deja agarrar sin oponer la menor resistencia. ¡Lo que puede el amor paternal!

Volviendo ahora á entrar en materia diré, que para cazar en el mes de agosto se requiere una táctica generalmente diferente de las demás épocas del año. En primer lugar, debe madrugarse mucho, ir ligero de ropa, llevando siempre una camisa de repuesto en el zurron. Las perdices se hallan en los cerros á la salida del sol, pero al cuarto de hora ya descienden á las querencias, métense en los rastrojos y comen los granos de trigo que despues de la siega han quedado desparramados por el suelo: si por casualidad aún están en el campo las gavillas, de seguro que las perdices se hallan cerca. Si se notan por el camino las señales que las aves retozando han dejado en el suelo, el cazador puede hacerse cargo por ellas si el bando está á punto de darle una leccion: se ha de fijar en si hay excrementos, y si son tiernos, no debe moverse de aquella querencia, porque en el alto (segun la hora), en el centro ó bajos estarán las perdices. El perro principia á dar señales y sale el bando, generalmente todas á la vez: entonces el cazador debe observar, primero si están buenas para apeonar, luego contarlas aproximadamente, y además, y esto es lo más esencial, comprender á dónde se dirigen. Una vez echado el cálculo obsérvese bien el terreno (si es desconocido) para poderlas salir de modo que vayan allá donde las destina aproximadamente el cazador. El vuelo que han dado, de seguro es corto, pero hay que tener presente que el poder que les falta en las alas, en cambio súplenlo peonando, dándose el caso que muchas y muchas veces se pierda el bando entero, que no se hallan en ninguna parte aún viéndolas la parada, y se pierden miserablemente las horas más frescas de la mañana sin dar con ellas, resultando que en algunas ocasiones de peon han vuelto poco más ó menos de allí donde habian salido la primera vez. Generalmente eso sucede cuando uno se empeña en querer saber más que el perro: éste, por ejemplo, coge vientos, quiere inclinarse á los bajos, y uno le llama arriba ó vice-versa; y, cuántas y cuántas veces por no haber querido creer al perro, se ha ido una pieza que se la habria tirado á tout plaisir, y uno se queda contemplando con un palmo de narices y diciendo para sí: «¡qué mal has hecho en no seguir la tendencia del perro!»

Si el cazador halla el bando en esta época, debe estar convencido de que tirará, por lo cual es preciso ir con mucha calma y sin precipitacion, observando el más leve movimiento del perro. Cuando se dispara y cae la pieza, estarse quieto, que se va á disparar el otro cañon, y efectivamente así sucede: las perdices ya no se levantan todas; al segundo vuelo obsérvese bien que si la vez primera fueron quince, ahora sólo han salido ocho ó nueve. ¿Dónde están las otras? Cargue el cazador y tenga paciencia, llame al perro; quieto y cartuchos otra vez, faltan seis ó siete perdices; calma, que son de usted, señor cazador. Siga apuntando bien que matará; ha llegado su cuarto de hora, y verá V. como á veinte ó treinta metros una de otra y dos á la vez y en un pequeño círculo, dispara algunos tiros bien provechosos.—Cuando esté persuadido el cazador de que en dicho terreno, ya por las que ha muerto ó bien por las que ha errado, no queda ninguna, diríjase sin pérdida de momento hácia donde se ha ido el resto del bando. ¡Cómo late el corazon en el trayecto que media del punto donde han salido las perdices al que se las ha visto parar! Usted echa sus cálculos: «he muerto cuatro; vamos, esta mañana llegaré á seis, porque… ahora sabiendo dónde están bien mataré un par.» Y así entretenido el cazador, sale de la hondonada otra bandada de perdices: fijándose en ellas, como es natural, para ver á dónde se dirigen, una vez en autos debe hacer caso omiso de ellas é ir siempre á las mismas del primer bando. Nunca ha de ilusionarse el cazador por la abundancia: éstas ya las encontrará otro dia. Valen más las menos, que se han de dejar pisar la tercera vez que se tienen en juego. Que haya tiento y se coloquen bien los piés; domínese bien el terreno, no precipitarse, que cuando arranque la pieza se cansará V. de apuntar, y al disparo mídase el terreno, que aún no hay diez metros de distancia al sitio en que cayó.

El matar perdices en esta época, sobre todo al arranque del tercer vuelo, es más fácil que tirar á las codornices, por ser mayor la pieza y salir generalmente de cola y con poca velocidad: siga, pues, el cazador el terreno con cuidado, y tire á todas; pero si observa que el perro saca un palmo la lengua afuera gracias al calor, entonces conviene tocar retirada, buscar plácida sombra, descansar media horita, fumar un cigarrillo de papel y volver en seguida al mismo sitio, describir un semicírculo, cruzarlo por derecha é izquierda, y se verá como el perro vuelve á coger vientos. Con el tiempo trascurrrido las perdices se han llamado unas á otras con sus cantos, han salido de su escondrijo, y el perro las señala á las mil maravillas, recreándose el cazador tirando un par de tiros. Se mira el reloj: son, por ejemplo, las diez; el sol achicharra, apenas se mueve una hoja, y si se está cerca de la posada ó hacienda, lo mejor es irse á casa á descansar: el perro se rehace y al dia siguiente el cazador se encuentra más entero y dispuesto á volver á la lid mejor que el dia anterior. El cazar requiere calma, pero en el mes de agosto calma y astucia, saber serpentear los terrenos, buscar los frescales, que es donde las perdices tienen querencia. Jamás se busque á la parte que da el sol y sí en las umbrías, y en los viñedos frondosos, y en los torrentes.

Todo lo que no sea seguir este consejo es perder el tiempo, atropellar el perro y fatigarse inútilmente, y lo que se ha tomado como recreo, sirve de molestia y puede acarrear una enfermedad.

La caza de la perdiz en esta época del año diferencíase completamente de la de los demás meses. El bando de perdices está siempre á la órden de las viejas, y éstas comprenden hasta dónde llega el poder de sus hijuelos para el vuelo, y pocas veces intentan cruzar el sendero y van quedándose á la misma ladera ó mano que se ha escogido para cazar; el vuelo es tan corto que apenas alargan á 300 metros, pero en cambio peonando al tocar el suelo cambian de direccion tan fácilmente, que al llegar al sitio donde se han visto echar, no se halla ninguna, y de peon han pasado la sierra y de otro vuelo se han quedado en una querencia en direccion contraria, sucediendo que uno pierde el tiempo tan miserablemente en conjeturas, que la rabieta va haciendo su efecto y el aburrimiento se apodera del cazador y hasta del perro. Esta es la parte infeliz del cazador que ha trocado el bienestar de su casa para ir á sudar el kilo sin poder disparar la escopeta, abandonando algunas veces quehaceres de importancia; pero tal es la ley del cazador, y para llegar á matar algo en buena regla se necesita: aficion, aficion, aficion.


SETIEMBRE.

Buena fecha, pero no la mejor. Si bien entran las perdices en la edad de la pubertad y dan más juego, aún no están del todo emancipadas de quien les dió el sér, aún no han pasado la muda, no obstante de ser todas pintadas, conservando tan sólo dos ó tres plumas en el arranque de las alas, plumas que en Cataluña llamamos mussolas.

En esa época del año la perdiz satisface más los goces del cazador y el perro las señala mejor, tal vez porque el terreno generalmente es más fresco, por cuyo motivo nota más los rastros, quedando muy á menudo de muestra. Ya las perdices han abandonado aquel canto tan empalagoso piu, piu, piu, y principian á hombrear imitando á las viejas, pero sin poder dar aún sus timbres. Su carne ya no siente á hormigas y á langostas; al contrario, en la época del año que nos ocupa es cuando constituyen el mejor bocado, pudiendo recomendarse á toda persona falta de apetito.

Para cazar las perdices en setiembre, si hay viñedos en el terreno que se escoge, búsquelas siempre el cazador en dichos sitios, pues tienen grande aficion á la uva. Jamás dejan aquel pasto, y como el sol aún molesta con sus rayos, sucede que se mantienen quietas en los pámpanos. Si se encuentran por primera vez en las viñas de diez á doce del dia, esperan mucho, pero ya salidas de allí no vuelven aquel mismo dia, hasta que las reclaman las viejas, yéndose á otras querencias.

En esa época ya intenta la perdiz pasar al vuelo una hondonada, quedándose á la parte opuesta del cazador, y cuando se ve que trasponen el cerro, hay que fijarse bien en la inclinación que escogen, pues la buena vista ahorra muchos pasos inútiles, dando el resultado de abreviar el tiempo, que en estas circunstancias es oro. Que ande ligero el cazad

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