La Argentina / La conquista del Rio de La Plata. Poema histórico

La Argentina / La conquista del Rio de La Plata. Poema histórico

Author:
Martín del Barco Centenera
Author:
Martín del Barco Centenera
Format:
epub
language:
Spanish

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Author: Barco Centenera, Martín del, 1535-
America — Early accounts to 1600
America — Discovery and exploration — Spanish — Poetry
Argentina — History — 1535-1617 — Poetry
Rio de la Plata Region (Argentina and Uruguay) — History — Poetry
La Argentina
La conquista del Rio de La Plata. Poema histórico


Nota del transcriptor: la ortografía del original fue conservada; no ha sido corregida ni actualizada.

LA

ARGENTINA,

O LA

CONQUISTA DEL RIO DE LA PLATA,

POEMA HISTÓRICO

POR EL

ARCEDIANO D. MARTIN DEL BARCO

CENTENERA.

BUENOS-AIRES.
IMPRENTA DEL ESTADO.
1836.


  • DISCURSO PRELIMINAR
  • AL MARQUES DE CASTEL RODRIGO
  • LA ARGENTINA.
     

    • CANTO PRIMERO.
    • CANTO SEGUNDO.
    • CANTO TERCERO.
    • CANTO CUARTO.
    • CANTO QUINTO.
    • CANTO SEXTO.
    • CANTO SEPTIMO.
    • CANTO OCTAVO.
    • CANTO NONO.
    • CANTO DECIMO.
    • CANTO UNDECIMO.
    • CANTO DUODECIMO.
    • CANTO DECIMO-TERCIO.
    • CANTO DECIMO-CUARTO.
    • CANTO DECIMO-QUINTO.
    • CANTO DECIMO-SEXTO.
    • CANTO DECIMO-SEPTIMO.
    • CANTO DECIMO-OCTAVO.
    • CANTO DECIMO-NONO.
    • CANTO VIGESIMO.
    • CANTO VIGESIMO-PRIMERO.
    • CANTO VIGESIMO-SEGUNDO.
    • CANTO VIGESIMO-TERCIO.
    • CANTO VIGESIMO-CUARTO.
    • CANTO VIGESIMO-QUINTO.
    • CANTO VIGESIMO-SEXTO.
    • CANTO VIGESIMO-SEPTIMO.
    • CANTO VIGESIMO-OCTAVO.
  • TABLA
  • NOTAS

DISCURSO PRELIMINAR

a la

ARGENTINA DE BARCO CENTENERA.

Cuando salió á luz este poema sobre la conquista del Rio de la Plata, las musas castellanas habian desplegado, en las obras de Garcilaso, Herrera y Luis de Leon, un estilo culto y elegante. Ni la lucha intestina de Fernando el Catòlico contra los Moros, ni las guerras exteriores de su sucesor Carlos V, fueron bastantes à detener los progresos de las letras, que sin proteccion y estìmulo florecieron en el reinado sombrío é inquisitorial de Felipe II. El gusto de la literatura italiana, que à mediados del siglo XVI. se habia generalizado en España, y el verso endecasilabo, introducido por Boscan, pusieron en voga à los grandes modelos que se ilustraron en la epopeya, y Ariosto, Camoens, y Taso, tuvieron sus émulos è imitadores.
Mientras que Zapata, Urrea y Samper celebraban à porfia las glorias de Carlos V, Pinciano escribia el Pelayo; Cueva, la Conquista de la Bética; Hojeda, la Cristiada; Mosquera y Zamora, la Numantina y la Saguntina; y el fèrtil è inagotable Lope de Vega, la Dragontea, el Isidro y la Jerusalen. Entre tantos ensayos desgraciados, ocupaba un lugar eminente el poema de D. Alonso de Ercilla, que al relatar los sucesos de Arauco, podia decir como Enea
quorum pars magna fui.
El mismo objeto se propuso D. Martin del Barco Centenera en su Argentina, en que describiò los acontecimientos que presenciaba, sino con toda la escrupulosidad de un historiador, almenos con un fondo de candor que le grangea crédito y confianza. Nació en Logrosan, en el partido de Trujillo en Extremadura, cerca del año de 1535, cuando se fundò por primera vez Buenos Aires, de la que estaba destinado á cantar la reedificacion. Abrazò el estado eclesiástico, y en clase de capellan acompañò la expedicion que, en 1572, saliò del puerto de San Lucar, bajo los auspicios del Adelantado Juan Ortiz de Zárate. La descripcion de este viage, una de las partes mas interesantes del poema, los amagos de una tempestad, y los estragos del hambre que estallò en Santa Catalina, son pinturas animadas de los incidentes de una larga navegacion.
En los veinticuatro años que pasò en Amèrica, el deseo de observar tantos objetos nuevos y curiosos, le hizo tomar parte en varias empresas, en las que arrostrò grandes peligros, siendo testigo de infinitas desgracias: y al cuidado que tuvo de relatarlas debemos las únicas memorias que nos quedan de un perìodo importante en la conquista de estas regiones. Acompañó á Melgarejo y á Garay en casi todas sus expediciones, y, segun parece indicarlo, fué uno de los que concurrieron à la fundacion de Buenos Aires en 1580.[1]
De todas las privaciones que sufrió, la que mas le molestò fué el hambre. Sus efectos fueron sobre todo terribles en Santa Catalina, donde á los horrores de una escasez absoluta se agregaron los de una crueldad refinada en los gefes, que enviaban al cádalso á los que luchaban con la muerte por falta de alimentos. El autor deplora estos rigores culpables; porque
La cosa á tal extremo habia llegado
Que carne humana ví que se comia.[2]
El mismo tuvo que echar mano de lagartijas, que no le parecieron tan sabrosas como ciertos gusanos que comiò despues en las márgenes del rio Huybay. Los habia de dos especies, y se criaban en cañas mas corpulentas que los robles:
En muy poco difieren sus sabores:
Estando el uno y otro derretido,
Manteca fresca á mi me parecia;
¡Mas sabe Dios el hambre que tenia![3]
En uno de estos apuros tuvo que usar de su influjo para tranquilizar la conciencia de una muger, que habia hurtado un perro sin atreverse à echar mano de él. Este episodio puede servir á dar una idea del génio festivo del poeta.
Viniendo de la iglesia una mañana
Que habia sacrificio celebrado,
Una comadre mia, Mariana,
De su pequeña choza me llamaba
En una isla, dó antes la tirana
Le habia á su marido sepultado:
Y oid lo que me dice muy gozosa,
Aunque del hecho suyo recelosa.

Un solo perro habia en el armada,
De gran precio y valor para su dueño:
Llamado, entró ese dia en su posada,
Mas nunca mas salió de aquel empeño;
Porque ella le mató de una porrada,
Al tiempo del entrar, con un gran leño.
Mostrándolo, me dice: ¿Qué haremos?
Yo dije:—Asad, Señora, y comeremos.
Estos lances de la vida estàn descritos en un estilo fácil y natural, que es el tono ordinario del poeta; sin que le falte vigor para elevarse, cuando su alma se halla profundamente conmovida. Si no fuera por no multiplicar citas, reproduciriamos varios trozos que nos parecen dignos de competir con los modelos mas acabados de la poesia castellana. Sirva de egemplo la octava, en que describe el hambre que asaltó à los compañeros de D. Pedro de Mendoza en Buenos Aires:
Comienzan á morir todos rabiando,
Los rostros y los ojos consumidos.
A los niños que mueren sollozando
Las madres les responden con gemidos:
El pueblo sin ventura lamentando
A Dios envia suspiros dolorosos:
Gritan viejos y mozos, damas bellas
Perturban con clamores las estrellas.[4]
Estos versos son tiernos, pero mas llenos de sensibilidad son los que le inspira la muerte de su compatriota Ana de Valverde.
Llore mi musa y verso con ternura
La muerte de esta dama generosa;
Y llórela mi tierra, Extremadura,
Y Castilla la Vieja perdidosa:
Y llore Logrosán la hermosura
De aquesta dama bella, tan hermosa,
Cual entre espinas, rosa y azucena,
De honra y de virtudes tan bien llena.

Las Argentinas Ninfas, conociendo
De aquesta Ana Valverde la belleza,
Sus dorados cabellos descojendo,
Envueltas en dolor y gran tristeza,
Estan á la fortuna maldiciendo,
Las flechas y los dardos, la crueza
Del indio Mañuá, que así ha robado
Al mundo de virtudes un dechado.[5]
No es nuestro propósito exagerar el mérito poético de la Argentina; y mas bien quisiéramos que quedase reducido à lo que es puramente indispensable para no fastidiar al lector que la consulta como monumento histórico de la época á que pertenece. Cuando se considera que los acontecimientos de un perìodo, que comprende toda la administracion de Garay y la de su sucesor Mendieta, no tienen mas historiador que un poeta, se siente la necesidad de acreditar, que
………aunque su musa en verso canta,
Escribe la verdad de lo que ha oido
Y visto por sus ojos y servido.[6]
Este empeño en que se constituyò voluntariamente el autor, justifica su principal defecto, que es cierto aire prosaico, que es natural que prevalesca en una obra, despojada del brillante cortejo de las ficciones. Quítese todo lo que hay de fantàstico en los grandes poemas épicos, antiguos y modernos:—bórrense de la Eneida, de la Jerusalen y de la Lusiada, las pinturas de los Campos Eliseos, de los palacios y de las islas encantadas que tanto nos arrebatan, y no quedará mas que una fria narracion del viage de Eneas, de las guerras de Palestina y de la navegacion de Vasco de Gama.
Esta especie de crónicas rimadas tienen todos los vicios de los gèneros bastardos, cuyo carácter ambiguo es el mayor obstàculo à su perfeccion. Moratin en una de sus mejores sàtiras se declara contra esta clase de escritores, à los que dirige irònicamente los siguientes consejos.
Sigue la historia religiosamente,
Y conociendo á la verdad por guia,
Cosa no has de decir que ella no cuente.

No fingas, no; que es grande picardia:
Refiere sin doblez lo que ha pasado,
Con nimiedad escrupulosa y pia;

Y en todo cuanto escribas ten cuidado
De no olvidar las fechas y las datas,
Que así lo debe hacer un hombre honrado.[7]
Pero Moratin habla como poeta, y no piensa que pueda haber una sociedad que busque, en las pocas memorias coevas, tradiciones ciertas de su infancia: porque en este caso los defectos que ridiculiza le hubieran parecido otras tantas recomendaciones. Si algo falta al autor de la Argentina es la nimiedad escrupulosa, que tanto desagrada al Terencio español.
Aun así, la autoridad de Centenera ha sido de tanto peso para sus sucesores, que hasta han adoptado sus fábulas; y si por mucho tiempo se ha creido en las Sirenas, en los Carbunclos y en otras patrañas del mismo quilate, es porque él aseguró que los habia visto con sus propios ojos.
Los servicios que prestò en la conquista de estas provincias, mas reales que estos juegos de una imaginacion acalorada, le merecieron el titulo de arcediano de la Asumpcion, en cuyo caràcter acompañó à Fray Alonso Guerra (recien promovido à la silla episcopal del Paraguay), al concilio convocado en Lima en 1582, por el Arzobispo Melgarejo, mas conocido en los fastos de la iglesia bajo el nombre de Santo Toribio con que fué canonizado.
Para introducir alguna variedad en la relacion de estas tareas, pinta la hermosura y el lujo de las damas limeñas, de las que hace un retrato seductor.
Por las calles y plaza y las ventanas
Se ponen, que es contento de mirarlas,
Con ricos aderezos muy galanas,
Y pueden los que quieren bien hablarlas.
No se muestran esquivas ni tiranas,
Que escuchan á quien quiere requebrarlas:
Y dicen só el rebozo chistecillos,
Con que engañan á veces los bobillos.[8]
En estos episódios, y en los que le ministran los acometimientos de Drake y Candish, acaba su poema, imitando en esto à Ercilla, que tambien se distrae en describir las batallas de San Quintin y Lepanto. Centenera, que no ponia mucha importancia en conservar la unidad del poema, estuvo tentado de tratar de las guerras de Chile; y si no lo hizo, no fué por respeto à los preceptos de Aristóteles, sino por el que le inspiraba el mérito de la Araucana. El elógio que hace de Ercilla es honroso para entrambos.
Y pues que á Chile cupo tal belleza
De pluma, de valor, de cortesia,
No es justo que se atreva mi rudeza
Decir de Chile cosa: que seria
Muy loca presumpcion y gran simpleza
Meter hoz en la mies no siendo mia.[9]
Su morada en Lima, y la obligacion de sostener con decoro su rango, agotaron su peculio y lo dejaron sumido en la indigencia. Acostumbrado à vivir en la mediocridad, hubiera sobrellevado con resignacion esta desgracia, si hubiese podido renunciar igualmente al deseo de volver á su patria. Esta idea, que se habia apoderado de su espíritu, lo dispuso á la tristeza; y se hallaba en el mayor abatimiento, cuando
La Inquisicion le hizo comisario,
Y el Obispo de Charcas su vicario.[10]
En estas nuevas funciones pasó los ùltimos años de su residencia en Amèrica, hasta que en 1596 se resolvió á regresar á Europa. Al deseo de reunirse à su familia debiò agregarse el de dar publicidad á su poema, siendo imposible que lo verificase en Amèrica, donde aun no habia penetrado el arte tipográfico. Desembarcó en Lisboa, en donde dió á luz la Argentina, en 1602, bajo los auspicios del Marques de Castel Rodrigo, que gobernaba entonces el Portugal, à nombre de Felipe III: otra edicion publicó Barcia en el tercer tomo de sus Historiadores primitivos de las Indias occidentales; y ambas tan llenas de errores, que bastaria esta circunstancia á justificar su reimpresion.
Los ejemplares de que nos hemos valido, nos han sido franqueados, con su acostumbrada liberalidad, por el Sr. Canònigo Dr. D. Saturnino Segurola; y no creemos que se halle en Buenos Aires otra copia de la edicion de Lisboa. La que cita Pinelo[11], del año de 1631, si existe, debe ser mucho mas rara que la primera; puesto que ha quedado ignorada á los demas bibliògrafos.
El juicio de Azara, sobre el autor de la Argentina, no solo es severo, sino injusto: porque de todos los cargos que se le pueden hacer, el que nos parece mas infundado es, no haber puesto el menor cuidado en averiguar la verdad de los hechos.[12]
Ciertamente, no son exactos todos los que alega; pero este defecto parcial, y excusable, por ser comun à todos los escritores de aquel siglo, no le quitan el mérito de habernos transmitido con fidelidad muchas noticias que ignorariamos sin èl; en lo que no puede menos de convenir el mismo Azara.[13]
Tambien se equivoca cuando dice que la Argentina comprende los acontecimientos de la conquista de estas provincias, hasta el año de 1581: porque en el canto XXIV se describen minuciosamente las circunstancias de la muerte de Garay, que acaeció en 1584; y en el ùltimo se habla de la victoria de los portugueses sobre Candish, que corresponde al año de 1592.
Una segunda parte, de la que se ocupaba el autor cuando publicó su poema[14], quedó interrumpida por su muerte, que lo acometiò poco despues, en una edad avanzada, y fuera de su patria, adonde habia deseado tanto volver.
Buenos Aires, Junio de 1836.
PEDRO DE ANGELIS.


AL MARQUES DE CASTEL RODRIGO,

Virey, Gobernador y Capitan General de Portugal, por el Rey D. Felipe III, Nuestro Señor.

D. MARTIN DEL BARCO CENTENERA,

ARCEDIANO DEL RIO DE LA PLATA.
Habiendo considerado y revuelto muchas veces en mi memoria el gran gusto que recibe el humano entendimiento con la lectura de los varios y diversos acaecimientos de cosas, que aun por su variedad es la naturaleza bella; y que aquellas amplísimas provincias del Rio de la Plata estaban casi puestas en olvido, y su memoria sin razon obscurecida, procuré poner en escrito algo de lo que supe, entendì y vì en ellas, en veinticuatro años que en aquel nuevo orbe peregrinè:—lo primero, por no parecer al malo é inutil siervo que abscondiò el talento recibido de su señor:—lo segundo, porque el mundo tenga entera noticia y verdadera relacion del Rio de la Plata, cuyas provincias son tan grandes, con gentes tan belicosas, animales y fieras tan bravas, aves tan diferentes, víboras y serpientes que han tenido con hombres conflicto y pelea, peces de humana forma, y cosas tan exquisitas, que dejan en éxtasis à los ánimos de los que con alguna atencion las consideran.
He escrito, pues, aunque en estilo poco pulido y menos limado, este libro, á quien intitulo y nombro Argentina, tomando el nombre del subjecto principal que es el Rio de la Plata; para que V. E., si acaso pudiera tener algun rato como que hurtado à los necesarísimos y graves negocios de tan grande gobierno como sus hombros tienen, pueda con facilidad leerle, sin que le dè el disgusto y fastidio que de las largas y prolijas històrias se suele recibir; y héme dispuesto à presentarla y ofrecerla á V. E., como propia suya; pues, segun derecho, los bienes del siervo son vistos ser del señor.
Y así confio que, puesto en la posesion del amparo de V. E., cobrará nuevo ser y perpetuo renombre mi trabajo; y pido à Dios te siga solo haber acertado á dar à V. E. algun pequeño contento con este mi paupèrrimo servicio: lo que será para mi muy aventajado prémio, y crecerán en mì las alas de mi flaco y débil entendimiento para volar, aspirando siempre à cosas mas altas y mayores: enderezadas todas à su fin debido, que es el servicio de Dios, de S. M. y de V. E., à quien Dios nos guarde por largos y felicísimos tiempos, para el buen gobierno y amparo de este reino, y como yo siervo y perpetuo capellan de V. E. deseo.
De Lisboa, 10 de Mayo de 1601.


LA ARGENTINA.


CANTO PRIMERO.

En que se trata del órigen de los Chiriguanas ó Guaranís, gente que come carne humana, y del descubrimiento del Rio de la Plata.

————————————
Del indio Chiriguana encarnizado
En carne humana, orìgen canto solo.
Por descubrir el ser tan olvidado
Del Argentino reino, ¡gran Apolo!
Envìame del monte consagrado
Ayuda con que pueda aquí, sin dolo,
Al mundo publicar, en nueva historia,
De cosas admirables la memoria.

Mas ¡qué digo de Apolo, Dios eterno!
A vos solo favor pido y demando.
Què mal lo puede dar en el infierno
El que en continuo fuego está penando.
Haré con vuestra ayuda este cuaderno,
Del Argentino reino recontando
Diversas aventuras y estrañezas,
Prodigios, hambres, guerras y proezas.

Tratar quiero tambien de sucedidos
Y estraños casos que iba yo notando.
De vista muchos son, otros oidos,
Que vine à descubrir yo preguntando.

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